View-Master: mi billete para viajar lejos

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Como podéis ver en mi pequeña biografía de la web yo nací en Barcelona. Para los que no conozcáis la ciudad os contaré que se trata de una urbe de contrastes, como toda gran capital mediterránea. Las luces y las sombras del ser humano están escritos en las calzadas con la sangre y las alegrías de los que por allí han sufrido o gozado. En Barcelona puedes encontrar desde la casa modernista más espectacular del mundo hecha a la medida y capricho de algún gran empresario de hace cien años, al local mas zafio, inmundo pero a la vez lleno de vida e historia que os podáis imaginar. Y esto último pasaba, y pasaba mucho, en el barrio donde yo nací: el Raval.

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Cuando hoy en día vuelvo al barrio (no vivo demasiado lejos), me sorprende ver cómo las cosas han ido evolucionando en él. En las esquinas donde antes había los yonquis de siempre pasando drogas ahora hay hipters comentando lo «guay» que es el Raval. Donde antes había bodegas, bares insalubres y locales de sospechoso uso ahora hay talleres de arte, galerías y estudios de diseño. La gente pasea con sus modernas bicicletas de piñón fijo por diminutas calles asfaltadas que antes estaban forradas de adoquines. En el cine de barrio donde las sillas eran de madera plegables, bueno, de hecho en toda la calle donde estaba, ahora hay una plaza de cemento y el museo de arte moderno de la ciudad. En cierto modo, lo que siento cuando vuelvo es algo parecido a la decepción. No queda nada de todo aquello. Imaginad lo que ha cambiado la cosa que lo más inmutable del barrio de los últimos veinticinco o treinta años es la comunidad filipina, con sus «hair saloons» y sus videoclubs plagados de cintas de producción asiática, para ellos sí que no pasa el tiempo. No quiero por eso dar una idea idealizada de el «chino» (sobrenombre como se conoce también el Raval). En los ochenta era un lugar peligroso, oscuro y sucio, pero que queréis que os diga, era el lugar peligroso, oscuro y sucio donde crecí y fui feliz.

Recuerdo muy vívidamente lo que sentía cuando salíamos de la oscuridad del barrio y llegábamos a la luminosidad de la Ronda San Antonio: en mi cabeza me veo como el típico niño de una novela de Dickens, con la gorra en la mano y con una mirada de incredulidad hacia la grandeza, el señorío y la luz, sobre todo la luz… vestido eso sí como el niño prototípico ochentero. Y es que una cosa os ha de quedar clara, las calles del Raval, en aquella época, no eran el mejor sitio para que jugase un niño, o al menos eso era lo que pensaba mi madre. La consecuencia de esto era que las tardes en las que queríamos ir a jugar al parque se convertían en excursiones a los jardines y parques infantiles de l’Eixample (el barrio vecino). Así que cuando llovía, mi madre simplemente no podía realizar el éxodo hacia la tierra (del parque) prometida, o por cualquier otra razón la tarde no invitaba al movimiento, nos quedábamos en casa y teníamos que buscar maneras de hacer viajar nuestra imaginación lo más lejos posible.

Con mi hermana jugábamos a muchas cosas, veíamos películas en su Cine Exin o en mi Cine NIC, hacíamos enfadar a nuestra madre por vete a saber tú que barrabasada… teníamos infinidad de recursos para pasarlo bien, y realmente lo pasábamos bien. Pero cuando la compañía de mi hermana era algo que se interponía entre yo y mis siempre necesarias desconexiones del mundo, había un juguete que me permitía dejar el mundo físico, elevarme hacia lo desconocido y ver lugares, aventuras y maravillas que sabía que jamás vería. Y no, no estoy hablando de ninguna droga, recordad que acabo de decir que era un juguete, este, el View-Master:

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Este artefacto de color rojo (nótese que hay más colores pero para mí el más bonito, en este caso concreto, es el rojo) de diseño sencillo pero a la vez estético y funcional, es un estereoscopio portátil fruto de la imaginación de William Gruber. ¿Qué veías a través de los visores del View-Master? Pues si no ponías un disco de películas solo veías blanco, que no quiero decir que no lo hiciese ni que no fuese, hasta cierto punto divertido, pero no era la función para la que había sido hecho. Cuando ponías un disco en él veías imágenes en 3D, sí sí, en auténtico 3D. Partía de la sencilla idea de realizar una misma fotografía desde dos diferentes puntos de vista correspondientes a la diferencia de posición de nuestros ojos. Cuando las dos resultantes imágenes son vistas por separado a la vez, nuestro cerebro hace una composición de la escena que nos da esa sensación de profundidad, esa amplitud de campo y la impresión de que nos podemos mover a través de la escena de una manera física.

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En total un disco de View-Master tenía 14 fotografías que conformaban 7 escenas estereoscópicas. Había cientos de discos de innumerables temáticas. Los que más me gustaban eran los de Walt-Disney y los de lugares exóticos, remotos o, simplemente, diferentes. Recuerdo especialmente dos. Uno que incluía el viaje en montaña rusa de Donald y Goofy y otro sobre los monumentos más importantes de las capitales europeas. El primero fomentó mi afición a subirme a cualquier atracción por muy alta  o rápida que sea. El segundo me hacía ver maravillas que jamás pensé poder llegar a ver. Algunas como la torre Eiffel de París o el monumento a Sibelius en Helsinki los he llegado a ver com mis propios ojos. Otros, como el Atomium o los canales de Venecia aún me pregunto si existen en realidad o solo lo hicieron en mi View-Master.

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Incluso existen discos de mini-películas de indios y vaqueros, o de las tortugas ninja. El secreto estaba en saber condensar una pequeña historia en 7 fotogramas algo, que si lo pensáis durante un momento, no es una tarea demasiado sencilla.

Se llegaron a comercializar cámaras View-Master para poder realizar tú mismo tus propios discos en tres dimensiones. Comprabas el carrete especial, enfocabas, disparabas, revelabas la película y montabas tus discos «vírgenes» con las pequeñas diapositivas que obtenías. Esto solo lo llegué a conocer años más tarde y es algo que no he poseído jamás, pero… me pica un poco el gusanillo, así que vete a saber tú si algún día intento hacerme con una.

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De pequeño, mi View-Master me enseñó que existía un mundo más allá de lo que me enseñaban los yonquis que tenía que apartar del portal de mi casa para poder entrar, de las películas, que me encantaban y me siguen encantando pero que me siempre me enseñaron mundos planos y de los adoquines de mi calle. Y parecía que lo podía tocar. Aún hoy en día lo cojo y me paso algún rato mirando más allá, queriendo entrar y perderme algún tiempo dentro de sus engranajes  y de las imágenes que me muestra. Aún hoy creo que me quedan muchas cosas por ver a pesar de que el viejunismo cada vez hace más mella en mí. Aún hoy me sigue haciendo falta soñar.

Aquí os dejo un pequeño video sobre su uso y funcionamiento:

Mi View-Master original se perdió en vete a saber tú qué movimiento estratégico de objetos en casa de mis padres. Hace algún tiempo pude conseguir uno de la época, exacto al mío, a muy buen precio. Es el que acompaña estas palabras.

¿Lo recordáis viejun@s? ¿Cuáles eran vuestros discos favoritos?

Tomad la medicación…

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