Los piojos: la maldición de la pediculofobia y el engaño de Filvit

Una de las cosas sobre la que más puedo presumir es de que jamás he tenido piojos. Sí querid@s viejun@s, por suerte esas simpáticas, a la par que bonitas criuaturas (nótese la ironía), jamás han atravesado los límites de mi espacio vital, si hablamos del entorno físico en el que nos desenvolvemos, ni tampoco han entrado dentro de mi «friend zone», si hablamos del entorno cognitivo de nuestras relaciones afectivas.

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Lo que sí he tenido, tuve y tendré es pánico a la posibilidad de tenerlos. Creo que sufro un caso leve de pediculofobia, es decir, miedo a los piojos, y digo leve porqué no me paso todo el día pensando en ellos, sino que mi terror aparece cuando me doy cuenta de que alguien de mi alrededor los sufre. Recuerdo la primera vez que los evité. Recuerdo a mi hermana pequeña llorando y sufriendo debido a los picores que le provocaban. Había llegado una tarde, después del colegio, con toda la cabeza llena de nuestros protagonistas en sus tres estados: liendre (huevos asquerosos), ninfa (bicho asqueroso acabado de nacer) y piojo (bicho muy asqueroso adulto). En cuanto mi madre se dio cuenta, de un grito me ordenó que me apartara de mi hermana y que, por ningún motivo, me acercase a menos de diez metros de ella. Aquí nació la fobia. Mi pobre hermana sufría y yo no podía hacer nada por ella, de hecho no la podía ni consolar ni estar a su lado ni nada de nada. Creo recordar que mi madre lo intentó todo, remedios caseros a base de vinagre, eucalipto, hojas de romero y anís (nota mental: de esta mezcla, bien proporcionada, podría salir un gintónic excelente) pero no funcionaron.

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También utilizó un peine de finas púas sin ningún resultado aparente. El siguiente paso fue el uso a mansalva de Filvit (a él vuelvo enseguida) pero la cepa de piojos debía ser una mutación o venían del espacio exterior o eran inmunes a todo, pero nada de nada, mi hermana seguía «infectada». La solución final fue la más terrorífica, la más cruel y despiadada, pero al fin y al cabo fue la única que funcionó: la raparon al cero. Sí, acabaron con su bonita cabellera negra azabache de un plumazo, o quizá sería más correcto decir de un tijeretazo, y la obligaron a llevar un horroroso gorro de lana negra para evitar que los desagradables insectos se fuesen de excursión a otras cabezas. Finalmente su suplicio terminó, pero el suceso nos dejo a ambos una marca tan profunda en nuestros subconscientes que, más de treinta años más tarde, no hemos sido capaces de superar, como mínimo yo. ¿Tú qué dices hermanita? Yo por mi parte es recordar esto y no poder evitar recrear la siguiente imagen de manera compulsiva:

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Durante los años siguientes me reencontré con ellos en diversas ocasiones. Unas cuantas veces mientras cursaba E.G.B., más tarde cuando fui monitor de colonias y últimamente en algunos encuentros com amigos que tienen hijos. La deducción detectivesca es clara: siempre aparecen cuando hay infantes alrededor. ¿Y esto por qué? ¿Puede ser que las cortas patitas de los piojos les hagan más fácil llegar a las cabezas de los niños por su menor estatura? ¿Es acaso la colonia Nenuco, o cualquiera de sus clones, un reclamo natural de bichos asquerosos?

Creo que no, que esto nada tiene que ver con la realidad. Mi teoría, y de muchos otros, es que los piojos eran, y son, esparcidos por oscuros personajes en los patios y las salidas de los colegios. ¿Con qué fin? Pues con el de vender productos anti-piojos. Algo parecido a lo que les pasa a los usuarios de ordenadores windows, ¿pesabais que los virus los hacen nerds obesos devoradores compulsivos de pizza y refrescos de cola en oscuros sótanos para amargaros la vida? No, los crean empresas como Panda o MacAfee para vender sus anti-virus, estrategia que inventó, hace muchos años Filvit.

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En las puertas de los colegios normalmente había una fauna bastante curiosa. Teníamos al que repartía cromos para que empezases la colección de turno, o yo-yos, diábolos y/o manos locas para ponerlas de moda. Al típico vendedor de droga que te daba la primera dosis gratis para engancharte. Y, finalmente, al oscuro sembrador de piojos, un personaje en quien nadie reparaba cuyo trabajo era poco o nada gratificante y que lo realizaba de la manera más sibilina posible. Y sí, Filvit estaba detrás de todo ello.

¿Qué felicidad verdad tener piojos?
¿Qué felicidad verdad tener piojos?

Me imagino sus granjas secretas de liendres, en naves industriales apartadas de las zonas habitadas. Millones y millones de piojos listos para ser lanzados al mundo con la única intención de enriquecer los bolsillos de los dueños y ejecutivos de la ya mencionada marca de champú. Y todo escondido detrás de esta inocente y pegadiza melodía utilizada en su anuncio de televisión, ¿alguien no la ha cantando nunca en su vida? ¡Que levante la mano!:

Que quréis que os diga, ¿no os resulta sospechoso que incluso lanzasen un oscuro cómic, de trazo siniestro, llamado «Comando F: la invasión de los piojos»? Yo jamás tuve el valor de leerlo, me aterraba su portado y temía la posibilidad de que me provocase pesadillas nocturnas. ¿Alguno de vosotros lo hizo?

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¿Cuantos traumas causados por estas plagas artificiales? ¿Os afectaron a vosotros tanto? ¿Tenéis alguna otra teoría de la conspiración al respecto? Y lo que es más importante: ¿Tenéis piojos? ¿Sí? En ese caso alejáos de mi de la manera más presta posible, mi fobia podría hacerme reaccionar de manera no demasiado agradable. Lo siento pero las fobias son así, y esta es una, entre muchas otras, de las mías. De hecho voy a parar de escribir porqué ya empieza a picarme todo. Sea como sea, en cualquier caso:

Tomad la medicación…