Por fin me he decido a retomar la actividad creadora en este blog. Como habréis observado Álex y un servidor no hemos “regalado” unas largas vacaciones veraniegas. Él ya inauguró el curso la semana pasada y hoy yo vengo a estrenarme esta temporada con una especie de “segunda parte” de un post que publiqué el febrero pasado: «Las cosas más extrañas que viví en el cole: profesores”. Si en aquella ocasión me centré en mis recuerdos personales sobre las increíbles acciones que recuerdo haber visto hacer a los maestros que tuve durante la E.G.B. y la F.P.II, en las siguientes lineas me voy a centrar en las gamberrades más bestias que recuerdo haber visto y/o vivido durante mi época escolar. Como en la anterior ocasión permitidme recalcar que evidentemente éste va a ser un post altamente personal y que dudo que os sintáis identificados con las siguientes “batallitas”, pero sí que os pueden inspirar para recordar alguna de las que vosotros visteis en aquellos años. En tal caso estáis invitados a expandir este texto hasta el infinito en la sección de comentarios.
Si la llave no entra no hay clase (el descubrimiento mecánico del uretralismo).
Empezaremos suaves. Esta práctica que os voy a relatar se puso muy de moda durante nuestro segundo curso de BUP. Éramos cuatro clases de unos 40 alumnos aproximadamente por curso, ya os podéis imaginar la inmensidad de la escuela y las cantidades ingentes de adolescentes hiper-hormonados que nos movíamos por aquellos interminables pasillos. Pues bien, resulta que alguien de entre los cientos que allí nos reuníamos, decidió que no quería hacer clase por la tarde y se dedicó durante unos días a introducir cáscaras de pipas en las cerraduras de las aulas. El resultado de tal acción era demoledor: el anónimo activista conseguía que las cáscaras bloqueasen de tal manera el sistema de apertura de las puertas que no se podía hacer nada para poder acceder al interior de las aulas. Las llaves de los profesores no entraban y por ende no se podía hacer girar la cerradura. La única solución consistía en que alguien de mantenimiento desmontase todo el sistema para así poder entrar. Ya os podéis imaginar que esta operación requería de un cierto tiempo para llevarse a cabo y por tanto, entre que el profe lo intentaba, se daba cuenta de que la cosa estaba jodida, llamaba a mantenimiento y lo arreglaban había pasado media tarde y tú te lo habías pasado de miedo partiéndote de la risa disfrutando del espectáculo en primera fila.
Creo recordar que esto paso unas tres veces en muy poco tiempo y que las amenazas y las broncas que nos cayeron por parte de los profesores fueron épicas. Jamás supe quién fue el anónimo destructor de cerraduras. Podía ser cualquiera, pero siempre creímos que fue alguno de los que se quedaba a comer en el colegio (en aquella época eran pocos, la mayoría íbamos a casa). He buscado en Google “pipa cáscara cerradura” y me he topado con decenas de posts en foros (en “forocoches» sobre todo) con títulos del estilo “Cómo joder a un vecino cabrón”, “Putear al vecino de abajo”, “Tengo un puto vecino…” en los que se relata la técnica de la que os he hablado como una de las más sencillas y molestas que existen para hacerle una gracia a alguien que no te cae bien. Quizá detrás de alguno de los autores de esas respuestas a los hilos de los foros esté el desconocido héroe de mi escuela, vete tú a saber.
El maltrato animal (la necro-zoofilia como objetivo vital).
Venga, os voy a dar un dos por uno, os voy a relatar dos historietas. La primera de ellas no es exactamente una gamberrada al uso, pero ya veréis que tiene su enjundia. Resulta que en mi clase había un chaval de aquellos con los que se metía todo el mundo. No era mal tío, en serio, pero por desgracia tenía la marca invisible que tienen aquellos que el injusto destino ha decidido que sean unos marginados. Tenía un apellido singular, una gran nariz y una voz de pito que seguramente no le ayudaban a ser el más popular de la clase. Pero sí que había una cosa en la que era un fuera de serie, era tenaz, muy tenaz y jamás se rendía buscando maneras para ser aceptado, ser más popular y dejar de estar coronado con el sambenito del perdedor. El problema estaba en que sus intentos eran siempre desmesurados y el efecto final de éstos era el contrario al buscado. Un día decidió que traer la cabeza despellejada de un conejo a la escuela le haría ser el más gracioso del lugar. Lo que hizo fue sacar el pobre conejo decapitado, enseñarlo a los que más cerca tenía y empezar a jugar con él como si de una pelota de papel de aluminio se tratase (todo esto, evidentemente en medio de clase en los momentos en los que el profesor se giraba de cara a la pizarra). La cosa fue a más y la cabeza fue yendo de lado a lado del aula, de pupitre en pupitre hasta que cayó sobre el libro de una de las chicas que no se había enterado de lo que estaba pasando. Os podéis imaginar el grito que lanzó la aterrada muchacha. El marginado de inmensa tocha no tardó demasiado en confesar que había sido él quién había ideado tan divertido juego y creo que le castigaron con una expulsión temporal o algo así, no lo recuerdo demasiado bien. Tampoco recuerdo qué final tuvo la cabeza sanguinolenta y de mirada vítrea del difunto conejo.
La otra gamberrada recurrente que se pudo “disfrutar” en mi escuela relacionada con los despojos animales era ir a una casquería y comprar cubos de sangre cocida (se utilizan para hacer sangre frita y salsas creo), encontrar algún lugar donde dejarlo bien escondido y dejar que la naturaleza siguiese su curso. Tras unas 24 horas estando a temperatura ambiente la sangre se empezaba a pudrir y su olor era tan desagradable que dejaba a la altura del betún a la mejor bomba fétida del mercado. Y sí, lo reconozco, yo lo hice pero no en la escuela, mi objetivo con esta gamberrada siempre fueron las cabinas telefónicas, dejaba los cubos de sangre en el hueco del fluorescente. Al día siguiente nos sentábamos en un banco cercano a la cabina y nos pasábamos la tarde riéndonos de las caras de la gente al salir despavorida al darse cuenta del pútrido olor del interior.
«El regalito» (jugando con la coprofilia).
Tenía un colega en la escuela que tenía un don, (bueno no sé si era un don, un super poder o simplemente es que era un cerdo), podía defecar cuándo y dónde quisiese. En serio, en cualquier momento y circunstancia de manera voluntaria podía echar un mojón, sacar el turrón, liberar a Willy, lanzar un tronco al aserradero o despedirse de su mejor amigo en menos que canta un gallo. Como don ésta habilidad o regalo de cielo era algo totalmente inútil, pero para hacer el punky (él era muy punky) no había mejor manera para marcar el territorio y demostrar lo radical que era. Tengo constancia de que usó su arte en cientos de sitios, más o menos públicos y que su impronta dejó huella a lo largo y ancho de toda la ciudad. Pero en la escuela tenía un lugar preferido, un espacio donde le gustaba recrearse siempre que podía: las picas de los vestuarios. Sí sí, allí donde te lavas las manos. Siempre que encontraba la puerta de algún vestuario sin cerrar con llave (estaban en el patio donde jugábamos a la hora del desayuno) dejaba su regalito para que los siguientes usuarios, al cambiarse para hacer gimnasia, encontrasen un aroma salvaje y penetrante que los motivase a esforzarse para encontrar sus límites.
Os seré sincero, me reía como un loco con mi colega y sus truños fuera de lugar. Ver salir a la peña de los vestuarios tapándose la boca y evitando echar la pota hacía que me desternillase. No en balde, para bien o para mal, somos catalanes, y el pueblo catalán somos unos escatológicos de campeonato, los más mejores del mundo. Imaginad si lo somos que por navidad le damos de hostias a un palo para que cague regalos y tenemos una figura del belén que colocamos tras el establo que es un tipo sacando churros marrones por donde la espalda pierde el nombre. Quizá mi colega al cagarse en las picas no hacía más que reivindicar su identidad catalana, vete tú a saber, eran tiempos muy confusos.
Arte urbano incomprendido (el paraiso para un ozolagnista).
Para que os vayáis haciendo a la idea ésta es la entrada de la que os voy a hablar, la entrada de mi escuela, la entrada principal al gigantesco edificio en el que pasé horas y horas durante mi niñez y adolescencia:
Como os podéis imaginar esa puerta simbolizaba (y simboliza actualmente todavía), para miles de personas, la entrada al paraíso o al horror, los días buenos y los días malos, el sol y la lluvia (lluvia que por cierto hacía aparecer aquel asqueroso serrín en el suelo), los buenos y los malos profesores, la risa y el llanto. En definitiva, el simbolismo de esa puerta era casi místico para nosotros. Cada día de tu vida tenía esa puerta marcada a fuego. Y como veis, estaba y sigue estando coronada por dos guardianes que parecen sacados de un juego de rol: un santo y un cerdo (¿es quizá una alegoría sobre el profesorado que se escondía tras la puerta?). Una vez situados voy con el relato de lo que pasó.
Era una mañana cualquiera del año ochenta y largo. Yo me dirigía adormecido y resignado como cada día hacia mi tortura estudiantil. Qué palo. No sabía ni qué clase me tocaba y ni si igual había algún examen o tenía que entregar algún trabajo. Era un momento muy pasota de mi vida en relación a todo lo que tenía que ver con mis estudios. Entonces todo empezó a volverse un poco extraño. Cuando llegué a la esquina del tramo de calle donde estaba el gigantesco edificio de mi escuela empecé a notar un olor muy penetrante. Un olor que me sorprendió sobremanera, no por ser desconocido sino por la intensidad, la hora y el lugar donde lo estaba percibiendo: era olor a pintura. Levanté la vista y vi una multitud observando entre risas y comentarios la puerta de la escuela. ¿Qué cojones estaba pasando? ¿Qué me estaba perdiendo? Aceleré el paso y a medido que me iba acercando mis ojos cada vez estaban más y más abiertos… ¿Estaba soñando? ¿Tenía alucinaciones? No podía ser cierto lo que mis ojos estaban enviando a mi corteza visual…: ¡¡¡Habían pintado la puerta de color rosa!!! ¡¡¡TODA!!! ¡¡¡Absolutamente toda la puta puerta pintada de color rosa cerdo!!! Y no sólo eso, el santo y el cerdo también estaban cubiertos por globazos de pintura del mismo color. La visión fue extraordinaria, sobrecogedora, impactante y tremendamente artística. Es una verdadera lástima que no existan registros fotográficos de tan magna perfomance (o como mínimo yo los desconozco, si por casualidad de la vida alguien sabe que existen agradecería conocer su paradero). Esto es «montaje» que he hecho para intentar plasmar visualmente lo que recuerda mi mente:
Esta gamberrada no fue la más bestia ni la más salvaje de la historia, pero siempre la he encontrado totalmente sublime, alegórica y fantásticamente plástica, tendría que estar en un museo si existiese un museo de gamberradas. Se tardaron semanas en retirar toda la pintura. E incluso durante muchos años se pudieron ver restos de pintura rosa en las figuras de piedra que guardan la puerta. Ver aquella pequeñas manchas cada mañana de los siguientes cursos que estudié allí fue algo inspirador. Actualmente ya no queda nada de nada, pero cada vez que paso por delante de aquella puerta (y paso bastante a menudo ya que vivo muy cerca) no puedo evitar cerrar los ojos e imaginar que al volver a abrirlos de nuevo me encontraré con un espectáculo rosáceo que vuelva a desafiar a la monotonía del día a día.
Y hasta aquí este pequeño repaso sobre las gamberradas que más me quedaron marcadas en la memoria. ¿Nos explicas tú alguna? Estaremos encantados de escucharte.
Tomad la medicación…