Cuando quise ser Sid Vicious

¿Qué nos lleva a idolatrar a cierta gente? Vale, es lógico que si las canciones de algunos músicos, los libros de ciertos escritores o los cuadros de determinados pintores te llegan al alma eso dé pie a la admiración y dependiendo de cómo eso se convierta en idolatración. A veces también puedes acabar idolatrando a alguien por la defensa de unos ideales. Pero a veces tendemos a convertir en ídolos a personas que tal vez no se lo merezcan. Esta es la historia de cómo convertí en mi ídolo a John Simon Ritchie, mundialmente conocido como Sid Vicious.

Corría el año 1987, tal vez 1988, y yo estaba en plena, digámosla, maduración musical. Veréis, yo empecé a comprar discos bastante tarde. Nunca compré, ni me regalaron, discos de Parchís, Regaliz o Enrique y Ana. Fui un niño rarillo en ese aspecto. El primer cassette que compré fue uno de Hombres G, concretamente un recopilatorio que vendían conjuntamente con el libro/revista “Un año de rock”. Yo tendría unos diez años y por aquel entonces los Hombres G eran lo más molón que jamás había escuchado. Pero os juro que por mucho que me gustaban nunca los eleve a la categoría de ídolos. Con los que sí lo hice fue con Los Toreros Muertos, pero esa historia ya os la expliqué aquí. Mi evolución musical me llevó de escuchar el grupo de Pablo Carbonell y compañía a la música punk, concretamente a varios de los grupos del Rock Radical Vasco, cosa que también ya conté aquí. La música punk caló mucho en mí pues era un pipiolo de 14-15 años fácilmente influenciable. Ese rollo reivindicativo y anti todo que se gastaban los grupos me la ponía durísima así que me sumergí de lleno en el punk. No paraba de descubrir grupos y discos. Joder, no es que solo hiciese eso todo los días, es que mi vida giraba alrededor de eso. Y es por ese motivo que una simple foto cambió mi vida.

Este libro, que hoy aún conservo aunque hecho polvo, cambió mi vida.

Por esos días El Periódico de Catalunya regalaba los domingos un coleccionable llamado “Tu música”. En cada fascículo hablaban de diferentes cantantes y/o bandas que según su criterio merecían ser conocidas. Los artistas estaban clasificados primero por décadas y luego por orden alfabético. Así primero tocaron los años 50, luego los 60, los 70 y para acabar los 80. Durante la parte de los años 70, y al llegar al apartado dedicado a la letra “S”, un hecho hizo que mi existencia diera un vuelco. Fue en el capítulo dedicado a los Sex Pistols. Ese grupo eran los putos amos del punk y yo no los conocía. Claro, ahora con internet es muy fácil conocerlo todo pero en esos años descubrir bandas no era tan sencillo. Y más si dicho grupo llevaba varios años disuelto. Eso quiere decir que ni salían por TV, ni los pinchaban en la radio, ni nada que se le parezca. Y en mi caso tampoco era probable que algún compañero de colegio me los descubriera, más que nada porque el más radical de clase era yo y eso tampoco era decir mucho, la verdad. Leí esa biografía de los Pistols unas mil veces. Me sabía el título de sus canciones sin ni siquiera haberlas escuchado, pero había algo de ellos que fue lo que realmente me cautivó. Bueno, no era algo, más bien era alguien: Sid Vicious. Esas fotos, esas malditas fotos que aparecían impresas me volvieron literalmente loco. No tengo ni puta idea de lo que es el carisma, pero Sid Vicious lo derrochaba a mansalva. Joder si lo hacía.

Gracias a estas páginas descubrí a los Sex Pistols.

Era tal mi locura que fue cuestión de tiempo que me agenciara el único disco que editaron los Sex Pistols. “Never mind the bollocks, here’s the Sex Pistols”, no tardó en caer en mis manos. Y si antes de escuchar sus canciones ya era fan de ellos imaginaos que sucedió al escuchar su disco. Solo el arranque del primer tema, “Holidays in the sun”, hizo que la adrenalina se me desbordara y ya cuando escuché “God save the Queen” o “Anarchy in the U.K.” solo tenía ganas de quemar mi habitación. ¡Qué coño! Todo el puto vecindario.

Esto es un discazo y lo demás son tonterías.

Los Sex Pistols se habían adueñado de mi vida. Pero de todo lo que más me cautivaba era imaginarme a Sid Vicious aporreando el bajo. Empecé en ese momento una búsqueda sin cuartel de fotos de Sid Vicious. Estaba totalmente ido. Y en ese momento TVE vino a mi rescate.

Sí, tal como leéis. Televisión Española tuvo el detalle de programar un día por la noche el film “Sid y Nancy”, que relataba la vida de Sid Vicious, magistralmente interpretado por Gary Oldman, desde su entrada en los Sex Pistols hasta su muerte. Como ya avanza el título de la película, esta está centrada sobre todo en la relación de Vicious con su novia Nancy Spungen. Ni que decir que “Sid y Nancy” se convirtió ipso facto en un film de culto para mí.

Parece un film romántico… y a su manera lo es.

Por aquel entonces mi pasión por Sid Vicious ya no tenía freno. Era mi puto ídolo. A penas sabía nada de él, pero joder cómo le admiraba. Había algo que me fascinaba muchísimo de él y era esa pose de tío que se siente superior al resto que se gastaba. Ese aire de superioridad que desprendía era lo que más me gustaba de Vicious. Y es por eso que yo quería ser como él. Ese rollo de “Soy el mejor y vosotros me vais a comer la polla” que tenía sobre el escenario es lo que quería para mí. Pero eso lo tienes o no lo tienes y yo con quince años desde luego que no lo tenía. Pero a día de hoy esa forma de enfrentarse al público es la que sigo teniendo como referente.

Mi evolución musical continuo y del punk pase a la música disco, pues a los 16 años empecé a frecuentar discotecas, cosa que recordé aquí, aquí y aquí, y así donde antes había discos de La Polla Records o Kortatu ahora había algún Max Mix o Bolero Mix.

Pero ídolo una vez, ídolo para siempre. Un día visitando una librería de saldo me topé con este libro:

Sid se merecía este pedazo libro y más.

Esta biografía que conseguí por tres míseros euros, y que por cierto ha sido reeditada hace poco con otro título y que vi a la venta a un precio desorbitado, fue una de esas lecturas placenteras que de tanto en tanto uno tiene la suerte de echarse. En este caso, y por tratarse de Sid Vicious, fue como reencontrarse con un amigo que hace mucho que no ves. Lamentablemente, para mí, en el libro la imagen de Sid Vicious no es tan glamurosa como la que yo tenía en mente. Que sí, que lo de su carisma seguía intacto, de hecho el grupo se separó por los celos que sentía Johnny Rotten de él, pero Vicious queda retratado como un yonqui al que el destino le sonrió regalándole un puesto en una banda que pasó a la historia. Porque si una cosa queda clara en este libro, por si alguien aún no lo sabe, es que Vicious era un músico infame incapaz de tocar dos notas seguidas. De hecho llamarlo músico ya me parece una exageración porque no tocó una puta mierda en ningún disco o concierto de los Sex Pistols. Además en el libro insinúan no muy veladamente que Sid se dejaba dar por el culo, literalmente, por cualquier tío al que admirase. Eso y su fijación por morir joven es lo que hizo que Sid me pareciese más un pirado que un tío al que admirar. Y eso viniendo de mí, que ya había pasado por alto que Sid mató a su novia Nancy en pleno pasote de heroína, ya es mucho.

La lectura de esta biografía me incitó a que me comprara el DVD de “Sid y Nancy” y aunque el trabajo de Oldman me sigue pareciendo alucinante, y el de Chloe Webb como Nancy Spungen también, el film se me hizo un pelín pesado de aguantar. Supongo que porque mi imagen de Vicious ya estaba deteriorada.

Sid Vicious murió el 2 de febrero de 1979. Contaba tan solo 21 años. Murió demasiado joven para pasar a ser miembro del Club de los 27, pero vamos, viendo los miembros de ese club su pertenencia a él, de haber podido formar parte, le venía bastante grande. Al día siguiente de su muerte se celebraba el vigésimos aniversario del “Día que la música murió”, que es así como pasó a ser recordado el 3 de febrero de 1959, pues en esa fecha fallecieron en el mismo accidente de aviación los músicos Buddy Holly, The Big Booper y Ritchie Valens. De hacer vivido 24 horas más su defunción hubiese coincidido veinte años después a la de estos tres monstruos de la música, pero el talento de Vicious no merecía formar parte de esta efeméride. Y digo “talento” porque aunque Sid no era un virtuoso de la música algo de talento sí que tenía. Poquísimo, pero lo tenía. Porque tocaba el bajo como el culo y cantaba de puta pena pero algo debía tener para convertirse en un mito del rock. Carisma por ejemplo lo tenía raudales, como no me canso de repetir.

No se me ocurre mejor forma de finalizar este artículo que mostrando eso precisamente: su talento y su carisma. Y Sid nunca estuvo más grande, más épico y más jodidamente genial que interpretando su particular versión de “My way”. Así que dadle al play y disfrutad.

Recordado por el viejales: el día 2 de febrero de 2017 a las 9:00 am

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